
Antes que nada, esto se supone debe tener algún tipo de relación con la crónica del maestro Jorge Luis Borges "El Ojo Selectivo". Pero no deja de ser sólo un ejercicio literario pretencioso. El gabán beige es de aquel con cuyo apellido 'rozó' mi alma.
***
Ninguno lo habría sospechado. Yo tampoco. Aquel joven provinciano, todo moderación y prudencia, terminó siendo uno de los precursores del movimiento artístico que rompería nuevamente el transcurso de la historia. No le bastó dominar "la estructura cóncava”. Él daba muestras severas de querer dominar el mundo esquizoide de los sueños (en definitiva, el tipo de lenguaje que no tiene nacionalidad y mucho menos temporalidad).
Era una tarde gris, como suele permanecer la capital. Cuando sus pasos sentí acercarse, la luz se encendió. Su gabán, color beige, se abrió al compás de su caminar. Llevó a su frente una de sus manos. Saludaba a todos y todos a él. Me señaló con aprobación, con aires de complicidad. A mi lado, él no era nada apocado y sabía que podía contar con mis 'leves' notas. Estamos claros que los favores son para siempre y los silencios entre compañeros indispensables.
Café Oma, ya no fue nuevo estar allí. El humo del cigarro cubría su rostro; yo llevaba a mi boca el café. Nos encontramos para charlar sobre su nuevo proyecto. Esta vez quería mucho más; la “exposición” pasada fue sólo un anuncio. Él, este espléndido cincel mental, tenía todo a punto para hacer que la humanidad venerara su obra -no era cuestión de arte posmodernista, sería más bien, arte universal ¿o natural debería decir?-: Del tiempo y el espacio, tomará los peces y el mar; de los árboles, las hojas y sus frutos; de la humanidad, su sexo y espíritu.
Debería lanzar, muy bien, las cartas sobre la mesa. Seccionarme para desmembrar el nuevo concepto de la obra, y el de sus intensiones. Analizar la viabilidad de convertirnos en cómplices directamente. Vaya sorpresa. Terminé más comprometida que nunca. Fue plácido desenvolverme como cronista sin que nadie se percatase de tal.
Su estrategia era más “simple” de lo que pude pensar. Algunos en el transcurso de sus vidas lo han sentido, lo sentirán o quién quita -que para bien o mal- no lo sientan jamás. Él moldeó una historia donde el contraste entre texturas encantaran los sentidos y la razón: Aplicaciones delicadas y pulidas; otras, rústicas y deformes. Lo magnífico llegó cuando lo físico y lo místico se conjugó en un mismo espacio, en una sola obra. Una sacudida al mundo de los preceptos nunca está demás. Es cuestión de fluctuaciones, transformaciones, movimiento, de sólo aquellos que han sido elegidos.
Sin embargo, varias veces insistí en la urgencia de abandonar todo intento de perfección. Ya era demasiado. Pero él, poseído, se obsesionó con el detalle, y su huella en ella. Grata sensación esa de los giros, el barro y la espátula al contacto de sus manos. Grata omnipotencia moldeadora.
Al haber terminado la obra, un grito seco, lleno de angustia, expulsó su boca producto del dolor que provocan las entrañas cuando se desgarran y llevan consigo trozos de alma, cuando la desesperanza hace acto de presencia.
Era un día frío, como de costumbre. Ahí junto a la ventana, con la mirada extraviada, estaba él en medio de la vaga y tenue luz que brotaba de la vela de la esperanza. Había perdido el control. Una gota de sudor recorrió la espalda, y perplejo, se enfrentó con la sombra que le perseguía desde su concepción. Su obra estaba por encima de lo previsto, tenía vida propia.
De repente y sin razón, sus ideas de seducción social se disiparon. Mis “notas” quedaron vedadas. Todo intento de publicación se desechó. Se consideró que no existía un espacio propicio capaz de contenerla. Lo que más le perturbaba era el desgaste producido por las miradas de otros “sin son ni ton”. Desaparecimos. No supe nada de él, ni el de mí.
Tiempo después nos encontramos, por el arte de la casualidad, en un café de la ochenta y cinco con quince. Ya no tenía más su gabán, ni el sol ni la luna fueron nuevamente sus secuaces. Se apagaron las luces. Era el tiempo de renacer, así lo determinó. Todo estaba listo.
Era la representación virtual del ser que le daría la inspiración para toda su vida. Ella quien a pesar de los agravios fue y sigue siendo la directa responsable de todos sus frutos. Sólo fue ella quien le permitió encontrarse “menos campanudo”, más vulnerable, más humano. No era más que una diosa Siria extraviada en la montaña cuyo nombre era Salomé y su título “Amor”.
Sorpresivamente para ésta - la directa responsable de la publicación -, él se limitó a dejar que los otros la desgastasen con la mirada, y cada mirada transformaba el rostro de Salomé, para convertirse en el reflejo de quien le observaba. Habría logrado su propósito: jugar con los sueños en una pieza de museo.
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Ninguno lo habría sospechado. Yo tampoco. Aquel joven provinciano, todo moderación y prudencia, terminó siendo uno de los precursores del movimiento artístico que rompería nuevamente el transcurso de la historia. No le bastó dominar "la estructura cóncava”. Él daba muestras severas de querer dominar el mundo esquizoide de los sueños (en definitiva, el tipo de lenguaje que no tiene nacionalidad y mucho menos temporalidad).
Era una tarde gris, como suele permanecer la capital. Cuando sus pasos sentí acercarse, la luz se encendió. Su gabán, color beige, se abrió al compás de su caminar. Llevó a su frente una de sus manos. Saludaba a todos y todos a él. Me señaló con aprobación, con aires de complicidad. A mi lado, él no era nada apocado y sabía que podía contar con mis 'leves' notas. Estamos claros que los favores son para siempre y los silencios entre compañeros indispensables.
Café Oma, ya no fue nuevo estar allí. El humo del cigarro cubría su rostro; yo llevaba a mi boca el café. Nos encontramos para charlar sobre su nuevo proyecto. Esta vez quería mucho más; la “exposición” pasada fue sólo un anuncio. Él, este espléndido cincel mental, tenía todo a punto para hacer que la humanidad venerara su obra -no era cuestión de arte posmodernista, sería más bien, arte universal ¿o natural debería decir?-: Del tiempo y el espacio, tomará los peces y el mar; de los árboles, las hojas y sus frutos; de la humanidad, su sexo y espíritu.
Debería lanzar, muy bien, las cartas sobre la mesa. Seccionarme para desmembrar el nuevo concepto de la obra, y el de sus intensiones. Analizar la viabilidad de convertirnos en cómplices directamente. Vaya sorpresa. Terminé más comprometida que nunca. Fue plácido desenvolverme como cronista sin que nadie se percatase de tal.
Su estrategia era más “simple” de lo que pude pensar. Algunos en el transcurso de sus vidas lo han sentido, lo sentirán o quién quita -que para bien o mal- no lo sientan jamás. Él moldeó una historia donde el contraste entre texturas encantaran los sentidos y la razón: Aplicaciones delicadas y pulidas; otras, rústicas y deformes. Lo magnífico llegó cuando lo físico y lo místico se conjugó en un mismo espacio, en una sola obra. Una sacudida al mundo de los preceptos nunca está demás. Es cuestión de fluctuaciones, transformaciones, movimiento, de sólo aquellos que han sido elegidos.
Sin embargo, varias veces insistí en la urgencia de abandonar todo intento de perfección. Ya era demasiado. Pero él, poseído, se obsesionó con el detalle, y su huella en ella. Grata sensación esa de los giros, el barro y la espátula al contacto de sus manos. Grata omnipotencia moldeadora.
Al haber terminado la obra, un grito seco, lleno de angustia, expulsó su boca producto del dolor que provocan las entrañas cuando se desgarran y llevan consigo trozos de alma, cuando la desesperanza hace acto de presencia.
Era un día frío, como de costumbre. Ahí junto a la ventana, con la mirada extraviada, estaba él en medio de la vaga y tenue luz que brotaba de la vela de la esperanza. Había perdido el control. Una gota de sudor recorrió la espalda, y perplejo, se enfrentó con la sombra que le perseguía desde su concepción. Su obra estaba por encima de lo previsto, tenía vida propia.
De repente y sin razón, sus ideas de seducción social se disiparon. Mis “notas” quedaron vedadas. Todo intento de publicación se desechó. Se consideró que no existía un espacio propicio capaz de contenerla. Lo que más le perturbaba era el desgaste producido por las miradas de otros “sin son ni ton”. Desaparecimos. No supe nada de él, ni el de mí.
Tiempo después nos encontramos, por el arte de la casualidad, en un café de la ochenta y cinco con quince. Ya no tenía más su gabán, ni el sol ni la luna fueron nuevamente sus secuaces. Se apagaron las luces. Era el tiempo de renacer, así lo determinó. Todo estaba listo.
Era la representación virtual del ser que le daría la inspiración para toda su vida. Ella quien a pesar de los agravios fue y sigue siendo la directa responsable de todos sus frutos. Sólo fue ella quien le permitió encontrarse “menos campanudo”, más vulnerable, más humano. No era más que una diosa Siria extraviada en la montaña cuyo nombre era Salomé y su título “Amor”.
Sorpresivamente para ésta - la directa responsable de la publicación -, él se limitó a dejar que los otros la desgastasen con la mirada, y cada mirada transformaba el rostro de Salomé, para convertirse en el reflejo de quien le observaba. Habría logrado su propósito: jugar con los sueños en una pieza de museo.

